28 de juny de 2017

‘Lo marraco negre’, nova col·lecció de novel·la negra en català de Pagès Editors

[VilaWeb, 27 de juny de 2017]

El director serà el periodista, escriptor i traductor Sebastià Bennasar

Pagès Editors ha presentat aquest dimarts ‘Lo marraco negre’, una col·lecció de novel·la negra en català que neix amb l’objectiu de situar Lleida i l’editorial en “l’epicentre” del panorama literari de la novel·la policíaca i criminal, segons una nota de l’editorial. També es preveu “posar en alça” els autors que fan novel·la negra, tan lleidatans com de tot el territori de parla catalana. Amb la creació d’aquesta col·lecció l’editorial generalista vol donar un tractament diferenciat a la novel·la negra. El director de la col·lecció és el periodista, escriptor, traductor i agitador cultural Sebastià Bennasar Llobera (Palma, 1976), especialitzat en aquest gènere literari. ‘Lo Marraco negre’ publicarà sis títols cada any, que inclouran el llibre guanyador del premi Ferran Canyameres, atorgat per Òmnium Cultural, així com una traducció anual.
Un dels primers títols que s’editaran en el marc de la col·lecció és ‘Es vessa una sang fàcil’, de Manuel de Pedrolo, coincidint amb el centenari del naixement de l’escriptor. Al gener del 2018 també es publicarà l’obra guanyadora del premi Ferran Canyameres, ‘Tros’, de Rafael Vallbona.La col·lecció tindrà versió en castellà i es dirà ‘Marrajo’. L’editarà l’Editorial Milenio i la dirigirà igualment Sebastià Bennasar. El primer títol que s’editarà serà ‘Tiempo de ratas’, del guanyador del premi Crims de Tinta Marc Moreno.



Una vida en juego, d'Albert Salvadó


Albert Salvadó. Una vida en juego. Barcelona: Roca, 2010 (Misterio). ISBN: 978-84-9918-050-2

Víctor Pons trabaja como jefe de seguridad del casino de La Rabassada, que se inauguraría en Barcelona con toda pompa el 15 de julio de 1911 y que tendría la pretensión de ser el nuevo emblema de la ciudad. 

Como responsable de la seguridad del Casino se verá enfrentado en toda su crudeza a la codicia y la locura que generan las mesas de juego, pero también será allí donde encuentre el amor de Carla Torres, una joven burguesa. La muerte en extrañas circunstancias de un cliente del casino de origen italiano, provocará que Pons tenga que hacer uso de todos sus recursos para evitar un escándalo, por lo que hace desaparecer el cuerpo. Sin embargo, lo que en principio parecía un suicidio resultará ser un asesinato y Pons se verá inmiscuido en una trama policial salpicada por la amenaza mafiosa, que le obligará a desentrañar la madeja de lo sucedido, sin darse cuenta de que hay una vida en juego: la suya.




27 de juny de 2017

El enigma de París, de Pablo De Santis


Pablo De Santis. El enigma de París. Barcelona: Planeta, 2007. Premio Planeta-Casa de América de Narrativa 2007. ISBN: 978-84-08-07398-7

París 1889. Los Doce Detectives, los investigadores más famosos del mundo, se reúnen con motivo de la Exposición Universal. El selecto club tiene la misión de revelar al público sus casos más célebres, los métodos secretos, la filosofía de cada investigación y su concepción del crimen.


La extraña muerte de uno de los Doce, despeñado misteriosamente desde una torre Eiffel en construcción, dará un giro a la reunión y les obligará a afinar sus habilidades para tratar de resolver lo que parece, a priori, la actuación de un asesino en serie.

El lector quedará fascinado por la belleza del enigma en esta novela cargada de magnetismo.





26 de juny de 2017

La Biblioteca la Bòbila a El matí a Ràdio 4, amb Andreu Martín

L.A. Confidential, de James Ellroy (Literatura Random House)


James Ellroy. L.A. Confidential. Traducción de Carlos Gardini. Barcelona: Literatura Random House, 2017. ISBN. 978-84-397-3290-7

Los Ángeles, años cincuenta. Camuflada tras sus fabulosas mansiones y el glamour de los clubs nocturnos, la ciudad es un hervidero de corrupción y bajas pasiones. Una noche, una matanza baña en sangre una cafetería de la ciudad. Se trata de una auténtica carnicería, y sus oscuras ramificaciones atraparán a tres policías en sus arenas movedizas.
Eclipsado por el éxito de su padre como policía, Ed Exley hará lo que sea para superarle y conseguir la gloria. Bud White, por su parte, vio cómo su progenitor asesinaba a su madre y es una bomba de relojería con placa y pistola. Y por último, Jack Vincennes, que se dedica a airear los escándalos de Hollywood en los medios de comunicación mientras lucha por ocultar sus propios secretos
Llevada al cine con enorme éxito, y ganadora de dos Oscar, L.A. Confidential es la tercera novela del Cuarteto de Los Ángeles, tetralogía que se ha convertido en un clásico de la novela negra del siglo XX.



El rostro de la maldad, de Julián Sánchez


Julián Sánchez. El rostro de la maldad: (Me encontrarás donde se pierden mis recuerdos). Barcelona: Roca, 2012 (Criminal). ISBN: 978-84-9918-399-2

Tras un terrible atentado en los Grandes Almacenes de Barcelona, el artificiero  Álex Martín sufre graves heridas y pierde la memoria. Cuando la recupera recuerda que uno de sus compañeros dejó que se precipitara a las llamas y que los demás que se encontraban allí presentes no hicieron nada por impedirlo.
Martín acaba siendo dando por muerto tras el incendio del hospital donde se recuperaba, circunstancia que aprovechará para poner en marcha una elaborada venganza contra todos los que le traicionaron.
El Inspector David Ossa se verá arrastrado a la cacería más compleja de su carrera, poniendo en peligro su propia vida, en un escenario completamente fuera de lo común: la Barcelona subterránea…



25 de juny de 2017

El engaño de Selb, de Bernhard Schlink


Bernhard Schlink. El engaño de Selb. Traducción de Ángel Repáraz. Barcelona: Anagrama, 2004. ISBN. 84-339-7029-1

Selb vive en Mannheim. Tiene un pasado como fiscal nazi, un presente como detective privado y no sabe si, a sus casi setenta años, tiene un futuro. Fuma. Tiene novia, tres amigos y un gato. Juega al ajedrez. Pero no soluciona sus casos como los problemas del ajedrez. Se involucra en ellos... Un hombre contrata a Selb para que busque a su hija. Durante sus investigaciones tropieza con un depósito de gases tóxicos de la Segunda Guerra Mundial, ahora utilizado por los americanos para almacenar sus propios gases de combate. Un atentado contra el depósito le proporciona una pista para solucionar el caso. Selb encuentra a la joven, pero también averigua que quien la busca no es su padre.




24 de juny de 2017

La telenovela, de Christian Schünemann


Christian Schünemann. La telenovela: El cuarto caso del peluquero. Traducción del alemán de María Condor. Madrid: Siruela, 2013 (Policiaca). ISBN: 978-84-9841-624-4

Gracias al encuentro casual de dos clientas en la elegante peluquería de Tomas, Tina Schmale ha encontrado la solución a sus desvelos: un nuevo rostro famoso para la veterana teleserie Así es la vida, cuyos índices de audiencia habían caído en picado cuando el productor había «matado» en pantalla al anterior protagonista… y no habían podido reponerlo porque el actor, despechado por la noticia, se había suicidado. Tomas sospecha de esa muerte (¿por qué tomaría el actor una decisión tan drástica, cuando tenía el contestador lleno de mensajes suplicando su regreso?) y coincide en sus suspicacias con un sobrino del difunto, que logra emplearse como extra en la serie para investigar en el frívolo entorno de los platós. Así empieza el nuevo caso del peluquero y «detective» aficionado Tomas Prinz, un auténtico torbellino de intrigas y celos mortales… todo ello aderezado con grandes dosis de humor y glamour.



23 de juny de 2017

Andreu Martín explica una anècdota de la filmació de 'El sueño eterno'

Versos d'estiu, recital poètic

[postal "Versos d'estiu, recital poètic", 30 de juny de 2017]










Aquellas viejas novelas del Oeste

[InfoLibre, 23 de junio de 2017]

Alfons Cervera

  • Se dice que somos lo que leemos. A mí se me ocurre una réplica. Somos lo que leímos cuando no sabíamos quiénes eran Flaubert, Virginia Woolf o William Faulkner
  • Las llamaban novelas “de a duro”. La historia de la literatura las considera sencilla y despectivamente subliteratura. O menos que eso. Literatura popular


Para George H. White, a quien conocí cuando yo tenía doce años y él escribía novelas de ciencia-ficción casi mejor que las de Asimov Philip K. Dick.

Y para Jordi Canal, que en la Biblioteca La Bòbila de L’Hospitalet de Llobregat tiene montones de estanterías llenas de las viejas novelitas del Oeste, del FBI, de terror o del servicio secreto

Se dice que somos lo que leemos. Una frase hecha. Como tantas otras. A mí se me ocurre una réplica. O su complemento. Somos lo que leímos cuando no sabíamos quiénes eran FlaubertVirginia Woolf o William Faulkner. Hay mucha gente que nace —nació— en una casa llena de libros. Vaya suerte. Otra gente no supimos quién era Dostoievski hasta muy tarde. Pero mientras llegábamos al hachazo que Raskolnikov descarga sobre la vieja usurera nos habíamos zampado mil novelas de Silver KaneGeorge H. WhiteEdward Goodman o Marcial Lafuente Estefanía. Y de muchos más como ellos. Muchas casas sin libros. Solo el autobús de la tarde que traía al pueblo un día a la semana las novelitas del Oeste, del FBI, del servicio secreto o, para las chicas (entonces era entonces), Carlos de Santander Corín Tellado. Ahí aprendimos a leer cuando en el cine pasaban los fines de semana VeracruzPánico en las callesLa leona de Castilla. Claro que eran otros tiempos. Y otras casas. Y otra manera de vivir una vida que más que vida era una mierda en la literatura y en todo.

Las llamaban novelas de quiosco o “de a duro” (es lo que costaban en moneda de la época). La historia de la literatura las considera (si alguna vez lo hace) sencilla y despectivamente subliteratura. O menos que eso. Literatura popular, la llaman. Casi siempre en sentido peyorativo. Lo popular, a los leones. Nunca dejé de leer esa literatura. La casa de Gestalgar —mi pequeño pueblo de la Serranía valenciana, donde nací y donde vivo alejado de ese ruido gremial que montan a lo boy scout los de la fanfarria literaria— está llena de esas historias escritas a más velocidad que la que coge Rajoy para llegar a los platós del plasma. He tenido la inmensa fortuna de conocer a muchos de aquellos autores. Lo he contado alguna vez en otros sitios. Una anécdota inolvidable. Una tarde presentaba yo en la librería Negra y Criminal de Barcelona una novela policial que acababa de ganar un premio. Creo que era del escritor argentino Raúl Argemí. Empecé haciendo un encendido elogio de esos pequeños libros que nos ayudaron a amar la literatura más que a dios mismo. Y dije que, si amaba las novelas de Francisco González Ledesma, más admiraba a ese autor desde que supe que con el seudónimo de Silver Kaneescribía las novelitas que alimentaron desde que era un crío mi afición por la lectura. Cuando acabó la presentación, se me acercó un señor de pinta entrañable y con toda la amabilidad del mundo me dijo: “Gracias por lo que has dicho, me llamo Silver Kane”. Un día, mucho después de aquella tarde barcelonesa en la casa de mis amigos Paco Camarasa y Montse Clavé, me dedicaría el inventor del policía Méndez dos de aquellas novelas del Oeste. En una de ellas escribió: “Alfons, aquí está mi juventud perdida”. Y en la otra: “Con cariño, Alfons, te dedico esta novela del tiempo de las ilusiones”. No sé dónde van a parar la juventud y las ilusiones de la gente con el paso de los años, pero La otra cara de la ley y Yo soy el verdugo siguen ocupando el lugar principal en las estanterías —ahora sí— llenas de libros en el estudio con vistas al río y las montañas, que fue el lugar por donde los conejos y las gallinas campaban a sus anchas cuando vivían mis abuelos.


Allá donde voy nunca faltan en la maleta varios ejemplares de esas novelas. Manoseados. Casi descuartizados algunos. Pegados con cola los lomos para que no vuelen las páginas por los pasillos del tren cuando el vagón da uno de esos bandazos que dejan en ridículo las turbulencias del avión cuando está llegando a las nubes tóxicas de México DF (por cierto, ése fue mi último vuelo, en 1998: desde entonces no he vuelto a coger un avión ni atiborrado de Valium o gintonics). Y siempre que leo esa subliteratura no puedo evitar acordarme de quienes la escribían. Esos nombres anglosajones que sustituían a los suyos de verdad. Lo que decían los editores: ¿cómo vamos a vender una novela de ciencia-ficción si te llamas Pascual Enguídanos? ¿O del Oeste si tu nombre es Eduardo de Guzmán y encima eres anarquista? ¿O de policías americanos o terror si en tu carné de identidad pone Juan Gallardo? Pues eso: se cambiaban el nombre por el de George H. White, Edward Goodman (también a veces usaba el de Eddie Thorny y algunos más) y Curtis Garland o Donald Curtis. El otro motivo para echar mano de los seudónimos —como apuntaba antes sobre Eduardo de Guzmán— era político. La mayoría de esos autores (también había mujeres que adoptaban nombres masculinos, como Vic Logan, que se llamaba en realidad Victoria Rodoreda) eran republicanos que habían sido represaliados por el franquismo. No hace mucho me lo contaba Rubén, el nieto de Alf Regaldie (en la vida real, Alfonso Arizmendi Regaldie): sus primeras novelas las sacaba su hija Consuelo de la cárcel donde cumplía condena de varios años después de la victoria fascista en 1939. Y una nota al margen: dicen los sabios del canon literario que esa literatura era mala. No saben lo que dicen. Había mala y la había buena, casi excelente. Como ahora mismo. ¿Quieren que les ponga aquí una larga serie de escritores actuales importantes —hablo de escritores famosos, respetados por los del canon y casi a sueldo de algunos Institutos Cervantes— que no saben juntar dos frases sin que quienes las leemos nos llenemos de vergüenza ajena? Mejor los dejo para otra ocasión, pero seguro que algunos de esos nombres tienen ustedes en la cabeza. Decía, pues, que había buena y mala literatura popular. Añadan, por ejemplo, los nombres de Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode), Keith Luger (Miguel Oliveros), A. Rolcest (Arsenio Olcina, anarquista alcoyano) y bastantes otros que alargarían demasiado estas líneas. No es por justificar la escasa calidad de muchas de aquellas novelas, pero es interesante que conozcan ustedes un detalle: esos autores escribían dos o tres novelas a la semana. Había que vivir. Y vivir era para ellos sólo una cosa: la escritura.

Poco a poco fuimos sabiendo que había otras literaturas. Que existían Tolstoi SthendalEmily Dickinson y las hermanas BrontëPío Baroja y Valle InclánGaldós Antonio Machado, que a veces también se llamaba Juan de Mairena. Pero eso sería mucho después, cuando ya muy tarde empezábamos a salir del pueblo a otros pueblos más grandes y a buscar en el mercado de los jueves otras novelas de más “envergadura”. Impagable el recuerdo que guardo, con mi amigo Vicent Adrià, de un descubrimiento inenarrable. Aquel jueves de nuestros quince años, en el mercado de Llíria, cuando encontramos una novela con una bella muchacha que en la cubierta se ahogaba en aguas submarinas. Era de la editorial Bruguera en su colección Marabú Suspense. No sé si la compramos por el título o por la chica en bikini de la portada. Seguro que no por la autora, cuyo nombre nos sonaba a chino. El título: Aguas profundas. Muchos años después la misma editorial la reeditaría con otro título y nueva traducción: Mar de fondo. Lo mismo que haría, ya en los años noventa del pasado siglo, la editorial Anagrama. Lo que no cambió nunca, aunque yo me diera cuenta a destiempo, fue el nombre de la autora que nos sonaba a chino: Patricia Highsmith. Aún guardo como un tesoro de clave indescifrable aquel viejo ejemplar de la adolescencia, deshojado, con su cubierta de siempre en que las profundidades marinas —tal vez lo mismo que el bikini de Melinda, la protagonista— ya se han descolorido. Entre tanto descubrimiento primerizo tengo en la memoria, imborrable, a Juan Marsé

Siempre veía en las solapas de los libros que casi todos sus autores habían estudiado Filosofía y Letras. Llegué a pensar que para ser escritor había que ir antes a la universidad y licenciarse en Filosofía y Letras. Hasta que un amigo me prestó una novela cuyo título era muy atractivo: Últimas tardes con Teresa. Pero lo que me llamó la atención de verdad fue que en la biografía de la solapa no ponía nada de Filosofía y Letras sino que de crío ya había empezado el autor a trabajar en un taller de joyería. No sé si son esos orígenes de clase que nos juntan (como recordaba no hace mucho mi querido Santos Sanz Villanueva en Cuadernos Hispanoamericanos) los que han convertido a Marsé —aparte su excelencia literaria— en uno de los escritores que más quiero y sin cuyas novelas la vida se me haría más difícil y sobre todo menos comprensible.

O sea, que sí, que poco a poco íbamos sabiendo que había otros libros que sí que contaban para la historia de la literatura. Aún llegué a tiempo de leer esos libros, de conocer al dedillo los nombres de quienes los escribieron o los seguían escribiendo. Pero nunca he dejado de leer aquellas novelitas de autores falsamente extranjeros que me enseñaron a amar la literatura más que los grandes nombres que vendrían después, mucho después, cuando alcanzamos a saber que para alguna gente la vida y la literatura eran —habían sido en los tiempos difíciles de la oscuridad franquista— una misma historia.




V Encuentros Bruma Negra





 
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